Al caminar por la isla se percibe un paisaje intervenido de manera diligente e ingeniosa por la mano del hombre. Las laderas más o menos empinadas, fueron modeladas durante el periodo incaico para el cultivo de una forma armónica y respetuosa con la naturaleza, creando un puzle de andenes o terrazas, donde las parcelas o chacras familiares se dividen mediante pequeños muretes de piedras superpuestas, que en largas hileras guían los caminos que cruzan la isla de este a oeste. La vegetación silvestre compuesta de gramíneas de altura como el Ichu y de arbustos de pequeño porte como el Qolli, la Muña, o el chukjo ( que se machaca y se mezcla con agua para crear jabón natural que se utiliza para lavar lana).Se ha visto enriquecida por eucaliptos y cipreses, introducidos en los años 50 y adaptados a la altura y al clima extremo, que generan la escasa sombra de este paisaje de tonalidades rojizas y ocres que a finales del invierno estalla en arco iris de vegetación. La tranquilidad, el sosiego, la paz y el silencio son totales en un lugar donde no existen carreteras, vehículos a motor o tendidos eléctricos. Ni siquiera hay perros. “ ¿ Para qué? Aquí no hay ladrones, ” asegura un risueño lugareño mientras teje afanosamente.
Fonte de Información: http://www.threemonkeysonline.com/es/tmo_es_article.php?article=_taquile_bolivia_%20hijos_del_sol
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